Oscar René Vargas
La metamorfosis política del presidente Ortega ha sido como el cambio de piel de una serpiente. Cuando el animal ha crecido, la vieja piel que estorba debe ser abandonada. En los ofidios, la capa córnea de la epidermis es abandonada como un manto viejo que conserva la forma de su último ocupante. Pero la operación de mutación política de Ortega es regulada por los cambios políticos endógenos. La vieja camisa política-ideológica queda atrás como vestigio de una etapa de crecimiento mientras, emerge un animal político revestido de una nueva y más eficaz envoltura.
Ortega ha demostrado que tiene una gran capacidad de adaptación que le permite abandonar la vieja ideología epidérmica cuando ya no le es funcional. Por ejemplo, durante los años de la revolución sandinista (1979-1990) Ortega no tuvo problema en adaptarse a una situación internacional de ascenso de la lucha social y declararse abanderado del “socialismo real” en el país.
Su apoyo a los países de la Europa del Este tuvo frutos robustos porque le permitió consolidarse como líder de la revolución sandinista. Pero al mismo tiempo la crisis y la implosión y desaparición de la URSS, en los años noventa, lo llevó a renunciar al proyecto social original y adaptarse al neoliberalismo. En esos años, la metamorfosis de Ortega se hizo en la sombra.
En la década de los años noventa del siglo pasado se presentan todas las condiciones que exigen una muda de piel aprovechando la derrota electoral de febrero de 1990. El hundimiento y/o implosión de los países del socialismo real aceleró el proceso de involución ideológica de muchos altos dirigentes del “sandinismo revolucionario” de los años ochenta.
La coyuntura fue aprovechada para transformar al partido porque los principales cuadros ya lo percibían como obsoleto e incluso peligroso para obtener una cuota de poder en el nuevo escenario político nacional e internacional. El objetivo aparente fue terminar con su aislamiento político, pero la intención era más profunda : adaptarse a las políticas económicas neoliberales implementadas por los gobiernos de Chamorro, Alemán y Bolaños.
El trabajo y las alianzas políticas a implementarse fueron contrarias al discurso de los años ochenta. Pero mientras el capital local e internacional buscaba espacios adecuados en un esquema de acumulación apuntalado por una alianza con el “sandinismo oficial”, para Ortega pactar con el adversario político de antaño no le representó mayor problema, ya Arnoldo Alemán o el cardenal Miguel Obando y Bravo.
Todo cambió cuando la derrota política lo dejo sin estrategia y el partido decreció entre los sectores populares a partir de 1990. Entonces, Ortega no tuvo empacho en desmantelar al partido de sus principales cuadros y vaciarlo de una política social transformadora. Para cuando Ortega recuperó el poder en 2007 la serpiente ya ostentaba otra envoltura.
En los años noventa, a base de asonadas, huelgas y pactos, Ortega fue recuperando pedazos del Estado. Adquirió, así, la posibilidad de nombrar miembros de su círculo íntimo en las principales instituciones gubernamentales. Utilizó el arma de la impunidad para que el dirigente del Partido Liberal Constitucionalista, Arnoldo Alemán, consintiese, a cambio de su libertad, a mayores cuotas de poder a favor de los allegados de Ortega en las instituciones del Estado. En el caso de Arnoldo Alemán, Roberto Rivas, Eduardo Montealegre y sus allegados, Ortega aplicó la lógica que las leyes son como las telarañas que detienen a las moscas, pero no detienen a los cuervos.
Sin embargo, paralelamente, Ortega tuvo que ceder mayores espacios en la política económica a favor de la vieja oligarquía, lo cual desencadenó un reflujo de las fuerzas populares y provocó la crisis de identidad política del “sandinismo oficial” y el surgimiento de Murillo como actor político. Dicha crisis fue aprovechada para comenzar a cambiar las prioridades de política macroeconómica y para desmantelar las instituciones partidarias que habían funcionado en la década de los ochenta del siglo pasado.
Muy pronto Ortega se percató de que podía despojarse de la piel que le había servido en la etapa de la revolución social y que a partir de 2007 era un estorbo. Es la muda de piel que desembocó en el neoliberalismo actual. El proceso es complejo y ha estado marcado por las características de la historia. Hoy el afianzamiento de la política económica neoliberal es tan completo que se puede imponer una gran falsificación histórica : la alianza Ortega con el gran capital es lo mejor para Nicaragua. Los datos desmienten esta torcida visión de las cosas, pero los medios oficiales moldean la opinión pública a su antojo. El cambio de piel le permite a la serpiente sobrevivir y crecer.
Pero ¿qué clase de criatura emerge de esta muda de piel ? Por el momento, la alianza entre la nueva clase con la vieja oligarquía hegemonizada por la “presidencia imperial” seguirá marcando el derrotero de la política económica del país. Sus prioridades han moldeado la política económica. Por un lado, la austeridad y la política fiscal profundizaron la desigualdad y el desempleo. Por el otro, la política monetaria sólo ha beneficiado a los bancos, a los grandes empresarios y al capital rentista.
El Ortega neoliberal en su nuevo ropaje enfrenta grandes desafíos. Pero entre sus tareas pendientes no se encuentra eliminar la desigualdad, ni abrir nuevas oportunidades a los desposeídos. Los sectores populares tendrán que arrancarle al gobierno las condiciones políticas sociales para alcanzar esos objetivos. Ortega goza del apoyo incondicional de los miembros de la nueva clase que se volvieron “untuosos, suntuosos y presuntuosos”.
Ortega es un político que ha tenido una carrera evolucionando. Empezó como un radical que se identificaba con el llamado “socialismo real” ; y en los últimos años, a partir del 2007, ha concentrado poder y ha realizado una purga a todos los sectores progresistas dentro del partido sandinista y en la sociedad civil. Últimamente, vive en un conflicto al interior de sus propias fuerzas, entre un sector más pro sucesión dinástica y otro sector que está más involucrado en un proyecto más democrático nacional y modernizante.
Ortega ha concentrado poderes y ha preparado su sucesión, imponiendo una jerarquía bajo su mando, tanto en el ejército, la policía y en todos los órganos del Estado. Trata de consolidar un régimen muy autoritario, centralizado y represivo para continuar en el poder de manera indefinida ya sea él, Murillo o sus hijos.
Se puede afirmar que las actuales condiciones económicas, sociales, y geopolíticas reflejan una sociedad en transición : del orteguismo al murillismo. Nos dirigimos a una nueva etapa en la que definitivamente las fuerzas dominantes (alianza de la nueva clase y la vieja oligarquía) han dado carpetazo a una salida no democrática : la sucesión dinástica.
La pregunta del millón es : ¿cuánto caos y dolor infligirá la transición a un nuevo orden político-social democrático ? Si les digo la verdad, no soy nada optimista. Algunos, ingenuamente, pensábamos que el triunfo electoral de Ortega en noviembre de 2006 era un momento ideal para desarrollar un Estado más democrático. La idea, en ese momento, era corregir los errores y avanzar en favor de una solución democrática más justa. Se trataba de buscar, en primer lugar, una nueva arquitectura política económica donde se redujeran las desigualdades sociales, la pobreza y el desempleo. No ocurrió nada de eso.
La arquitectura económica y política del gobierno Ortega fue organizada en favor de un recetario neoliberal basado en la inequidad, en unos bajos salarios con su correspondiente baja demanda, pobreza, desigualdad y las consiguientes faltas de inversión productiva. Todo ello aderezado con unos bajos impuestos o una nula tributación para los evasores corporativos.
Bajo ese análisis, Ortega aprovechó diseñar una política económica bajo los eufemismos de austeridad fiscal y devaluación interna. Mediante ella, las élites capitalistas, con la ayuda entusiasta de sus nuevos aliados políticos, recuperaron sus tasas de ganancia a base de sacrificios de los trabajadores y de espaldas a las aspiraciones de los sectores empobrecidos de la población. La consecuencia ya la sabemos todos, el mantenimiento altos niveles de pobreza y de las desigualdades.
Desde el punto de vista político se ha traducido en la aparición del totalitarismo invertido, término acuñado por el profesor de la Universidad de Princeton Sheldon Wolin. El totalitarismo invertido es el momento político en el que el poder se despoja finalmente de su identificación como fenómeno puramente económico y se transforma en una coparticipación globalizadora con el Estado.
La antidemocracia y el dominio de la élite por parte del Poder Ejecutivo son elementos básicos del totalitarismo invertido. La antidemocracia significa alentar la “desmovilización cívica”, condicionando a la población a no participar en política, controlando su lapso de atención y promoviendo luego la distracción o la apatía. La represión generalizada, los bajos salarios reales combinados con la inseguridad laboral son la fórmula para la desmovilización política, para privar a la ciudadanía de pensamiento crítico.
Todos estos años Ortega se ha manifestado como una matrioshka, una muñeca rusa de muchas capas sucesivas, que se fueron depositando sobre su persona política en distintas etapas de su vida : en las cárceles somocista, en su exilio en Costa Rica, bajo el gobierno de los años ochenta, luego en los años noventa, y más tarde en las primeras décadas del siglo XXI, hasta llegar a ser una pieza clave para la Chayoburguesía, el gran capital, a los poderes fácticos y aliados para imponer el “capitalismo de amiguetes”.









