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Diez Claves sobre Siria, Un Año Después de la Caída del Régimen

Un año después de la caída del régimen de Bashar al-Asad, Siria intenta avanzar en una transición difícil, marcada por el regreso de exiliados y desplazados, una economía devastada y unas sanciones que perpetúan su aislamiento. La población acumula heridas profundas a las que se han sumado recientemente otras nuevas, sobre todo las causadas por las masacres de la costa y de Sweida. A la vez, el país se enfrenta a presiones geopolíticas insoportables en un entorno convulso y con una impunidad regional y global creciente.

El regreso de exiliados y refugiados

Siria se ha abierto, en el último año, a cientos de miles de personas exiliadas y refugiadas que llevaban años o décadas sin pisar el país, por miedo a ser detenidas o asesinadas. El fin del régimen ha permitido la entrada de quienes se vieron obligados a salir del país durante la dictadura y, en mayor número, tras el proceso revolucionario y la guerra iniciados en 2011 .

Según ACNUR, más de un millón y medio de sirios pudieron regresar a sus hogares entre diciembre de 2024 y junio de 2025 (medio millón de ellos residían en otros países y más de un millón eran desplazados internos). Este retorno masivo intensifica la necesidad de apoyo económico para garantizar servicios básicos, suministro eléctrico y acceso a bienes como combustible, medicinas y alimentos, además de la reconstrucción de infraestructuras, muchas de ellas arrasadas tras más de una década de guerra.

La urgencia del levantamiento de las sanciones

Con un 90% de la población siria bajo el umbral de la pobreza, Siria necesita un alivio inmediato y sostenido en varios frentes. En esta situación, ellevantamiento de las sanciones internacionales es una prioridad. Aunque su objetivo declarado era debilitar al régimen, en la práctica las sanciones supusieron que el clan Asad mantuviese sus privilegios económicos, sorteando las restricciones mediante monopolios estatales, un ingente mercado negro y el tráfico de drogas, mientras era la población quien sufría la devastación económica.

En mayo de 2025, en plena gira por Oriente Medio, el presidente Donald Trump anunció el levantamiento de las sanciones, concretamente la intención de derogar la Ley de Protección Civil César (conocida como Caesar Act o Ley César). Esta ley toma su nombre del seudónimo de un antiguo fotógrafo forense de la policía militar que logró salir de Siria llevándose miles de fotografías testimonio de los crímenes cometidos contra detenidos en centros de inteligencia en Damasco.

El anuncio de la derogación de la ley, ahora que los responsables de esos crímenes ya no están en el poder, fue celebrada por sirios de dentro y fuera del país. Sin embargo, más de medio año después sigue en el aire, sujeta a los vaivenes y cambios de última hora de la administración estadounidense.

Una sequía devastadora

En la asfixia económica que sufre el país, la cuestión del agua ocupa un lugar central. Siria no solo enfrenta una sequía devastadora (apenas llueve y la desertización avanza), sino una ausencia casi absoluta de autonomía hídrica, ya que sus principales fuentes están controladas por actores externos, principalmente Turquía e Israel.

Desde la guerra de los Seis Días en 1967, Israel ocupó los Altos del Golán, la zona más fértil de Siria, pasando a controlar en torno al 40% de los recursos hídricos sirios. Manantiales, ríos y acuíferos que históricamente nutrían los sistemas hidráulicos del país se desvían desde entonces hacia sistemas de abastecimiento israelíes y de los asentamientos en territorios ocupados palestinos.

Por el norte, Turquía controla el agua procedente de los ríos Tigris y Éufrates y en los últimos años ha utilizado las presas para reducir el caudal hacia Siria. Esto ha afectado no solo a la agricultura y la ganadería, sino también al suministro doméstico y a la producción eléctrica en varias provincias, algunas de ellas bajo administración kurda. Turquía ha recurrido de hecho, en repetidas ocasiones, al agua como herramienta de presión frente a las Fuerzas Democráticas Sirias, con las que mantiene una tensión constante.

Heridas antiguas y recientes

Las masacres de la costa y de Sweida han dejado heridas profundas, que se superponen a otras más antiguas. Durante décadas el rico mosaico religioso, cultural y étnico sirio fue instrumentalizado para dividir, sembrar la desconfianza y blindar lealtades, tratando de volver a unas comunidades contra otras. Un año después de la caída de Asad, Siria sigue acusando esas fracturas.

Existe una polarización creciente entre quienes apoyan al gobierno y celebran todas sus medidas y quienes lo acusan de haber permitido o incluso cometido masacres contra minorías como la drusa o la alauita. Para abordar esta fractura, organizaciones como el Foro de las Familias por la Libertad, que trabaja desde hace años en reivindicar los derechos de los detenidos y desaparecidos, reclaman a las autoridades actuales un compromiso firme con la justicia, la verdad y la reconciliación de todos los sirios. Entre sus demandas destacan la creación de una Comisión Nacional de la Verdad que incluya una perspectiva de género y derechos humanos, la participación activa de las víctimas, la apertura de las cárceles y la protección de archivos que puedan ser utilizados como evidencia en futuros juicios.

En las últimas semanas se han vivido protestas en distintas ciudades para reclamar justicia para las víctimas de las masacres. El gobierno ha reaccionado con declaraciones que subrayan « la legitimidad de estas protestas » a la vez que ha instado a no emplear lenguaje separatista en un momento en que la unidad « es más necesaria que nunca ».

La búsqueda de los desaparecidos

El fin del régimen ha abierto puertas a realidades terribles que se ocultaban tras las celdas de las prisiones, verdaderos campos de exterminio que Amnistía Internacional llegó a calificar como« mataderos humanos » en los que “se torturaba a escala industrial”. El clan Asad dirigía una perversa maquinaria que hoy empieza a conocerse en todo el mundo tras salir a la luz los « Archivos secretos de Damasco », con miles de fotografías y documentos que detallan la represión sistemática, la tortura y las ejecuciones masivas en esas prisiones.

Estos archivos, que contienen pruebas de crímenes de lesa humanidad, sirven como base para futuros procesos de justicia. Para los familiares de los desaparecidos, supone revivir el dolor, pero también alimenta esperanzas de obtener información sobre sus seres queridos. La búsqueda de los desaparecidos es una herida abierta en el corazón del país, en la que organizaciones como la Asociación de Familias del Archivo César o el Foro de las Familias por la Libertad llevan años trabajando.

Mujeres sirias : revolución, memoria y justicia pendiente

Como señalaba la autora Rime Allaf en su artículo Mujeres, la columna vertebral de la revolución siria, las mujeres han sido fundamentales tanto en el proceso revolucionario iniciado en 2011 como en el trabajo de memoria y reparación posterior. Hoy continúan liderando esos esfuerzos, demandando al gobierno interino medidas concretas que garanticen un proceso de justicia transicional profundo y transparente, que debe contar con las víctimas, incluir el acceso a los antiguos centros de detención y garantías de no repetición.

Organizaciones como el Foro de las Familias por la Libertad denuncian desde hace meses una ola de secuestros y desapariciones forzadas de mujeres por parte de hombres armados, especialmente en Tartus, Latakia, Homs y Hama. Amnistía Internacional ha documentado al menos 36 casos de mujeres secuestradas, la mayoría de confesión alauita, que no han recibido atención adecuada por parte de las autoridades del país, o incluso han sido desechados como « denuncias falsas », según informa Al-Jumhuriya. La campaña #StopTheAbductionofSyrianWomen denuncia la impunidad que suponen estos crímenes, la estigmatización de las víctimas y la falta de protección institucional.

« Debido al estigma social, es improbable que una familia se atreva a publicar el nombre y la foto de su hija en el contexto de una denuncia de desaparición a menos que sospechen firmemente la probabilidad de secuestro. Por lo tanto, toda denuncia de desaparición de una mujer debe ser tratada con la máxima seriedad », señala Al-Jumhuriya.

Malabarismos regionales y globales

En el terreno internacional, Siria se mueve en una cuerda floja de presiones, expectativas y amenazas, muchas de ellas inabordables para un país devastado. El gobierno interino de Ahmad al-Sharaa ha desplegado equilibrios casi imposibles para esquivar la onda expansiva que podría provocar cualquier choque frontal con los vecinos regionales o con las potencias globales. Se ha granjeado la simpatía de la administración Trump a la vez que trata de contener a Rusia, responsable de graves crímenes contra la población siria y de continuar intentando desestabilizar el país en el actual proceso de transición.

A esto se suma el diálogo permanente con la Turquía de Erdoğan, la firma de inversiones con Arabia Saudí y Qatar, y la necesidad de no romper puentes con Emiratos Árabes Unidos, que durante años apoyaron al régimen de Asad a la vez que se postulaban como el principal aliado de Israel en la región.

La impunidad del vecino israelí

En septiembre de 2024, Amichai Chikli, ministro israelí de Diáspora y Antisemitismo, declaró que Israel no reconoce la soberanía de Estados como Líbano, Irak o Siria. Recurrió al argumento de que las fronteras de Sykes-Picot « no resistieron la prueba del tiempo » y que son las divisiones sectarias, la topografía y la fuerza militar las que definen hoy las « fronteras reales ». En el contexto de la caída del régimen de Asad y del frágil proceso de reconstrucción, estas palabras confirmaron una política exterior israelí que no busca la estabilidad, sino que apuesta abiertamente por el caos en Siria.

En los últimos meses, Israel ha intensificado la estrategia de divide y vencerás, tratando de seducir o manipular a minorías como la drusa o la kurda mientras continúa sus ataques y operaciones encubiertas dentro del territorio sirio. Se han documentado disparos de soldados israelíes contra población local e intentos de grupos de colonos de establecerse más allá de Quneitra, tácticas que recuerdan a las habituales en Palestina y Líbano.

El gobierno de Al-Sharaa se ha negado a firmar los Acuerdos de Abraham, que buscan la normalización de Israel, pese a haber entrado en negociaciones, y ha apelado a la mediación de Trump, Qatar y Arabia Saudí para frenar las incursiones y los intentos de dividir el país. Pero las fuerzas son desproporcionadas y la impunidad de Israel sigue condicionando el margen de maniobra del que dispone Siria, que trata de reconstruirse a la vez que enfrenta las amenazas del ejército mejor equipado y más impune.

Blindar la libertad de prensa

En este escenario, resulta fundamental garantizar la libertad de expresión y de prensa, como señalaban periodistas sirios en un encuentro celebrado el 19 de noviembre en Damasco.

« Aunque es una frase cliché y detesto los clichés, cuando hoy me detuve un momento para tomar un respiro, en medio de la vorágine de la vida cotidiana, no pude evitar pensar : realmente este es un momento histórico », señalaba Zeina Shahla, periodista siria y corresponsal de Al-Jumhuriya, durante una de las mesa redondas del encuentro. Allí se debatió el estado actual de la libertad de expresión en el país, con la participación de decenas de periodistas, activistas, representantes del Ministerio de Información del Gobierno de Transición, además de diplomáticos árabes y europeos.

Los participantes coincidieron en que los periodistas sirios gozan hoy de un espacio de libertad de expresión sin precedentes. Sin embargo, es una libertad que no está protegida por ley, ya que los textos legales que regulan el trabajo de los medios de comunicación siguen siendo los mismos que dejó el régimen anterior, con la criminalización que conlleva cualquier trabajo periodístico objetivo. Estas leyes no se aplican actualmente, pero existe un vacío legislativo que otorga mayor autoridad a los organismos ejecutivos.

« Los periodistas sirios y los defensores de la libertad de expresión son una fuerza social, cuya organización a través de sindicatos profesionales y organizaciones civiles es fundamental para garantizar el equilibrio de poder », se señaló durante el encuentro, en el que se abordaron también los límites entre libertad de expresión y discursos de odio o desinformación.

« La mayoría de países se enfrentan a esta tensión pero esto es más acuciante en una fase de transición como la que atraviesa Siria », destacaron, incidiendo en que contrarrestar la desinformación y el odio « no es responsabilidad solo de los periodistas, sino que debe ser una responsabilidad social en la que participen la sociedad civil, líderes religiosos e instituciones estatales ».

Un ecosistema mediático clave para el futuro

Los márgenes para el trabajo periodístico y los espacios para expresar opiniones se han ampliado significativamente tras la caída del régimen de Assad, unos logros que los periodistas buscan blindar durante la fase de transición y hacia un futuro que se aleje de esa Siria que Reporteros sin Fronteras colocó como penúltimo en su ranking de libertad de prensa en 180 países.

Tras el inicio del proceso revolucionario de 2011, floreció en Siria un ecosistema mediático que se tradujo en cientos de medios locales, radios comunitarias, revistas, oficinas de medios, además de la cobertura constante de periodistas ciudadanos que documentaban el proceso revolucionario y la represión sufrida por la población ante la ausencia de corresponsales extranjeros.

Ese florecer incluye hoy espacios de debate sosegados y en profundidad sobre cuestiones como la justicia transicional que se emiten en canales como SyriaTelevision, seguido por miles de sirios desde dentro y fuera del país, y que eran impensables hace tan solo un año.

También a través de proyectos como SyriaUntold, Enab Baladi o el citado Al-Jumhuriya, que llevan a cabo una labor crucial en la documentación de los avances o retrocesos locales, además de analizar los juegos de poder regionales y globales. Este trabajo demuestra el valor de la experiencia siria, la agencia de los sirios y su capacidad de documentar el proceso actual que atraviesa el país, de honrar su memoria y de contribuir a un futuro en el que ningún sector se imponga sobre las demandas de justicia, libertad y dignidad que tanto ha reclamado el pueblo sirio.

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